Actos conmemorativos del Cincuentenario de la FAO

Organización de las Naciones Unidas 
para la Agricultura y la Alimentación
¿Qué es la FAO
Discursos del Director General


Actos conmemorativos del Cincuentenario de la FAO

Excelentísimos señores, señoras y señores:

Este acontecimiento es tan extraordinario que me cuesta aceptar que sea cierto: hénos aquí reunidos en el Château Frontenac, en el mismo lugar en que, hace exactamente medio siglo, se firmó el Acta de Constitución de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación.

Apenas concluido el más terrible conflicto que haya conocido el mundo, con decenas de millones de muertos, un número incalculable de personas desplazadas, una destrucción sin precedentes, una agricultura devastada en buena parte del mundo - especialmente en regiones altamente productivas-, se hacía por fin realidad la idea lanzada 10 ó 15 años antes por visionarios inspirados y científicos: una organización internacional capaz de aunar con dinamismo y coherencia los esfuerzos de todos los países interesados, para reconstruir sobre las ruinas, rehabilitar la producción agrícola y reactivar la corriente de intercambios mundiales, afrontando el problema de proporcionar alimentos para todos.

Hemos recorrido un largo camino desde entonces. Los 34 miembros iniciales se han convertido en 171, y mientras tanto el mundo ha experimentado enormes cambios. La población se ha casi triplicado, pero la expansión aún más espectacular de la producción agrícola ha permitido aumentar considerablemente los alimentos disponibles por habitante. Los países desarrollados de Europa, que durante la guerra habían conocido privaciones y cuya agricultura había sufrido graves daños, fueron los primeros en recuperar y superar sus antiguos niveles de producción y pronto pudieron contar con excedentes. Pero no menos importante es que numerosos países en desarrollo, hasta entonces deficitarios y a veces amenazados por el hambre, pudieron acceder a la autosuficiencia e incluso convertirse en exportadores gracias a políticas clarividentes, al duro trabajo de sus agricultores y a un conjunto de innovaciones tecnológicas generalmente conocido como la Revolución Verde. La FAO desempeñó de manera incuestionable una función de primer orden en esta transformación.

A escala mundial, los suministros son más que suficientes para alimentar a la población actual y queda incluso cierto margen para el crecimiento demográfico. ¿Pero podemos por ello considerar que la FAO ha cumplido su misión y que ha llegado el momento de aminorar el ritmo de nuestras actividades, o incluso de retirarnos de la escena internacional? ¿Podría señalar el Cincuentenario de la FAO la coronación y el término de nuestros esfuerzos? De ninguna manera. Muy por el contrario, hemos de responder ahora a un desafío sin precedentes que exige toda la voluntad política de nuestros Estados Miembros, toda la dedicación y la competencia de nuestro personal, y el pleno apoyo de la opinión mundial.

La situación es grave. Por satisfactorios que parezcan, los datos mundiales no pueden ocultar disparidades a menudo trágicas. Se observan ya desigualdades flagrantes al interior de los países: incluso en las naciones más ricas, con más de 3 600 calorías diarias por habitante, existen millones de niños desnutridos. Y diferencias igualmente importantes se registran entre países: los alimentos disponibles por habitante, superabundantes en los países desarrollados del Norte, siguen siendo insuficientes en gran parte del mundo en desarrollo, especialmente en el Africa subsahariana, incluso donde han disminuido en los últimos 25 años.

Debo recordar aquí, una vez más, que el mundo cuenta hoy con 800 millones de personas que no tienen acceso a una dieta adecuada; y que 192 millones de niños menores de cinco años son víctimas de graves carencias calóricas o proteínicas que les impedirán un pleno desarrollo físico e intelectual. Esta situación no sólo es grave, es simplemente intolerable.

¿Cómo hemos podido llegar a estos extremos, si en principio hay alimentos suficientes para todos? En primer lugar, los progresos de la producción no están repartidos equitativamente. Desgraciadamente, los países menos favorecidos, que no tienen los medios para utilizar insumos técnicos costosos en materia de riego, fertilizantes y plaguicidas, son las víctimas más frecuentes de las plagas o de catástrofes climaticas como las sequías y las inundaciones. Los más expuestos a estos azotes son los peor equipados para luchar contra ellos y carecen por lo demás de recursos financieros para cubrir las escaseces mediante compras en el mercado mundial. Existen hoy 88 países de bajos ingresos con déficit de alimentos, la mitad de ellos en el Africa subsahariana. En estos países, las condiciones de vida son las más precarias y la producción de alimentos no consigue seguir el ritmo de índices de crecimiento demográfico que están entre los más altos del mundo.

Se verifica así una vez más, a escala planetaria, lo que nuestros padres fundadores afirmaban ya en 1943 en la Conferencia preparatoria de Hot Springs: "La pobreza es la principal causa del hambre y la malnutrición". De allí el problema de la creciente distancia entre poseedores y desposeídos, ya se trate de personas, categorías socioeconómicas o países. Sería un grave error suponer que se ha ganado la batalla porque la oferta y la demanda están equilibradas a nivel mundial. El drama estriba en que gran parte de esta demanda no tiene con qué comprar.

¿Qué se puede hacer en estas condiciones para conseguir alimentos para todos? La primera respuesta que viene a la mente es que se puede restablecer el equilibrio distribuyendo a los países pobres los excedentes de los países ricos en forma de ayuda alimentaria. Estoy tal vez en mejor situación que nadie para afirmar la necesidad de una ayuda alimentaria generosa en caso de hambre o penuria grave. Sé tal vez mejor que nadie hasta qué punto una ayuda alimentaria bien orientada hacia grupos específicos puede ser el motor de ciertos proyectos de desarrollo. Pero al mismo tiempo, soy más que consciente de los peligros de una ayuda alimentaria de carácter estructural: desestabilización de los mercados internos, efectos negativos sobre la producción local, pérdida de la preferencia por los alimentos tradicionales y, sobre todo, el desarrollo de una mentalidad asistencial entre los pueblos y los gobiernos.

Estos peligros se pueden evitar tomando una serie de precauciones y medidas, como por ejemplo el suministro de parte de la ayuda en efectivo y no en productos, o las transacciones triangulares en las que el país donante compra excedentes disponibles en un país en desarrollo para entregarlos a un país deficitario vecino. Lo cierto es que, si bien la ayuda alimentaria constituye y seguirá constituyendo durante mucho tiempo un elemento indispensable de la acción internacional, no puede ofrecer una solución duradera y humanamente satisfactoria al problema que nos preocupa.

Hay que buscar otras soluciones. La seguridad alimentaria sólo se hará realidad si los países más desfavorecidos consiguen salir de la pobreza y liberarse de su situación de dependencia. El medio más evidente y seguro para conseguirlo es aumentar considerablemente la producción de alimentos. Pero para ello han de concurrir toda una serie de condiciones, la primera y más importante de las cuales es la determinación: firme voluntad política de los gobiernos y movilización total de las energías de la población rural, en el seno de la cual debe reconocerse la función esencial de las mujeres y los jóvenes. En cuanto a los medios que han de aplicarse, lo primero que viene a la mente es ampliar la superficie cultivada, pero las posibilidades de hacerlo son muy limitadas. No es justo decir, como hacen algunos, que ya no quedan tierras potenciales para dedicar al cultivo, pero en realidad quedan pocas, sobre todo si se quiere mantener el equilibrio ecológico y evitar una masiva deforestación. Con el continuo crecimiento demográfico y 3 000 millones de personas más para alimentar de aquí al año 2030, es muy probable que la superficie arable disponible en el mundo, que en la actualidad es de 0,25 hectáreas por habitante, disminuya aún más.

Por consiguiente, el aumento de la producción deberá resultar sobre todo de una utilización más intensiva de las tierras actualmente cultivadas, pero de un modo que evite el rápido agotamiento de los suelos. Habrá que esforzarse por difundir buenas prácticas de conservación y fomentar el empleo de insumos: semillas mejoradas, fertilizantes y, sobre todo, riego.

El riego ofrece posibilidades de dimensiones insospechadas, especialmente en Africa, que es la región donde los problemas de la seguridad alimentaria se plantean hoy con mayor gravedad. Existe el preconcepto de que este continente, donde los cultivos de regadío ocupan sólo 11 millones de hectáreas (sólo 7 por ciento del total mundial), está abocado ineluctablemente a la sequía crónica. Sin embargo, algunos de los países sahelianos más áridos reposan sobre enormes reservas de agua subterránea apenas explotadas hasta ahora. Además, los ríos africanos vierten cada año en mares y océanos unos 4,5 billones de metros cúbicos de agua. Obviamente, pretender que sea posible utilizar la totalidad de esta agua sería una quimera. Pero una buena ordenación hidroagrícola permitiría triplicar o cuadruplicar la actual superficie regada. Las consecuencias serían enormes, tanto como para considerar que el dominio del agua constituye sin duda la clave de la seguridad alimentaria en Africa.

Es evidente que la realización de una empresa tan ambiciosa exigirá a la vez una política decidida de los gobiernos y una estrecha cooperación entre ellos, así como una inyección masiva de capitales extranjeros para construir la infraestructura necesaria indispensables y una participación activa y permanente de las comunidades locales y de todos los campesinos, debidamente informados, en el desarrollo y mantenimiento de las redes secundarias y terciarias. Es aquí donde surgen dificultades que hasta ahora no han podido superarse, lo que ha inducido a algunos a considerarlas insuperables. Los responsables políticos, con medios limitados a su disposición son reticentes a comprometerse en proyectos tan amplios, en especial si tienen dudas sobre la fuerza de los acuerdos entre estados vecinos para explotar recursos comunes. En cuanto a los inversores, muchos se niegan a financiar una ordenación hidroagrícola cuya rentabilidad económica les parece dudosa, al parecer sin comprender el valor de conservar vidas humanas, evitar sufrimientos, y economizar fondos de socorro para operaciones de urgencia. Por último, las poblaciones rurales sólo se movilizarán, individual y colectivamente, si pueden percibir con claridad las ventajas de la empresa y si están seguros de recibir una parte justa de los beneficios resultantes.

Si me he detenido en este ejemplo, es porque creo que indica con notable precisión los enemigos a los que hemos de vencer para alcanzar nuestro objetivo final de lograr alimentos para todos. Entre ellos destacan, como hemos dicho, la pobreza de las personas, las colectividades y los países. Pero hay otros igualmente temibles: la ignorancia, la desigualdad en el reparto de los frutos de la tierra y del trabajo; la indiferencia que el conjunto de sectores que trabajan por la seguridad alimentaria mundial ha denunciado ya como el enemigo por excelencia y, sobre todo, el temor a confiar una gran ambición al ingenio humano.

En el curso de sus 50 años de existencia, la FAO no ha cesado de combatir encarnizadamente en todos los frentes contra estos enemigos y de asestarles duros golpes. Pero, pese a sus múltiples iniciativas en todos los terrenos, el resultado de estas batallas es incierto, dada la asombrosa capacidad de resistencia activa y pasiva del adversario. Sin duda hemos realizado progresos considerables, pero medio siglo de esfuerzos no nos ha permitido aún abrir una brecha decisiva. Se han registrado incluso retrocesos en ciertos sectores; por ejemplo, la ayuda a la agricultura de los países en desarrollo sigue disminuyendo en términos reales, y su proporción en la ayuda total al desarrollo ha caído del 24,5 al 16 por ciento entre 1981-83 y 1991-93.

Pero no por ello estamos dispuestos a arriar nuestra bandera, ni siquiera a considerar una paz negociada. Seguimos confiando plenamente en la victoria final y firmes en nuestro empeño de luchar contra la ignorancia, mediante la difusión de información y conocimientos; contra el miedo a los programas ambiciosos, mediante los consejos que brindamos a los responsables de la adopción de decisiones; contra las desigualdades, mediante nuestro trabajo en favor de la equidad en las relaciones comerciales nacionales e internacionales, así como mediante proyectos cuya finalidad es garantizar la igualdad de condiciones y oportunidades a las categorías menos favorecidas, especialmente a la mujer. Seguiremos combatiendo contra la pobreza a través de todas las actividades de la FAO, ya se trate de aumentar la producción, evitar pérdidas o asegurar a los productores precios estables y remunerativos; y, por último, combatiremos contra la indiferencia, recordando constantemente que no es posible alcanzar la prosperidad y la seguridad en solitario, sin preocuparse del resto del mundo, y que la interdependencia a nivel planetario es un hecho fundamental que exige de modo imperativo la solidaridad colectiva.

He resumido la labor que la FAO ha desarrollado infatigablemente desde su creación. Pero el estado del mundo y los peligros que enfrentamos son tan amenazadores que debemos redoblar nuestros esfuerzos y nuestra creatividad si queremos obtener una victoria decisiva. Por este motivo, y animada del deseo de intervenir allí donde las necesidades son mayores y la agricultura más vulnerable, la Organización acaba de lanzar dos programas especiales de gran envergadura.

El primero de ellos es el Programa especial sobre producción de alimentos en apoyo de la seguridad alimentaria en los países de bajos ingresos con déficit de alimentos. Este programa, que se basa en la participación de las comunidades agrícolas y del personal de extensión en el marco de medidas socialmente equitativas, sobre todo para los más necesitados, comprende la ejecución de proyectos experimentales utilizando tecnologías apropiadas a los imperativos del medio ambiente, que más adelante se aplicarán en gran escala en el curso de una fase de expansión, paralelamente a la promoción de políticas económicas favorables y al fortalecimiento de la capacidad nacional. Con ello nos proponemos nada menos que una nueva Revolución Verde que extraiga enseñanzas de los errores del pasado, asegurando la protección de los recursos naturales y la equidad en el reparto de los frutos del crecimiento agrícola. Se trata de aumentar la disponibilidad de alimentos en los países especialmente vulnerables, de mejorar su rendimiento y de crear empleo e ingresos en el sector agrícola.

El segundo programa especial es el Sistema de prevención de emergencia de plagas y enfermedades transfronterizas de los animales y las plantas. En una primera fase, las actividades se centrarán en dos objetivos precisos: la langosta y la peste bovina, dos azotes que causan repetidos estragos, sobre todo en Africa, el Cercano Oriente y el Asia sudoccidental. Estamos convencidos de que esta iniciativa tendrá también una gran repercusión.

Ciertamente, estos dos programas no resolverán por sí solos todos los problemas. Pero, además de los resultados importantísimos que esperamos de ellos, apostamos por su capacidad de movilización y su efecto multiplicador. La respuesta a la pregunta de si conseguiremos alimentar al mundo dependerá ante todo de los gobiernos y de los pueblos de los países tanto desarrollados como en desarrollo. La FAO no puede reemplazarlos, pero se esfuerza por desempeñar cada vez más y mejor su función, que consiste en facilitarles información y asesoramiento, proponerles nuevas iniciativas, ayudar a encontrar fuentes de financiación y a realizar proyectos de desarrollo. En resumen, apoyar sus esfuerzos con todos los medios de que dispone. Esta atención a las necesidades de los Estados Miembros se ha manifestado una vez más con el lanzamiento de cinco nuevos programas: tres de ellos tienen por objeto la cooperación entre países en desarrollo, entre países en transición y con las universidades y centros de investigación; otro programa está dirigido a los jóvenes profesionales de países en desarrollo, a fin de que puedan adquirir una experiencia práctica en el marco de los proyectos de la FAO como ya sucedía en el caso de los jóvenes profesionales de los países desarrollados; por último, un programa relativo a los expertos que han llegado a la edad de jubilación, los cuales pueden aportar a la tarea común un caudal irremplazable de competencia y experiencia en materia de cooperación internacional.

Todos estos esfuerzos que realizamos para alimentar al mundo, o mejor dicho para ayudar al mundo a alimentarse, los dedicamos de todo corazón a los agricultores, silvicultores y pescadores de todo el mundo, y en particular a las mujeres, que producen una gran parte de los alimentos. La FAO no tiene otra razón de ser que la de servir a todos y cada uno de ellos. En este Cincuentenario de nuestra Organización, nos comprometemos a hacer todo lo posible para poner en sus manos las tres claves de la seguridad alimentaria: conocimiento, capacidad y voluntad de acción.

Muchas gracias.

Château Frontenac, Quebec, 16 de octubre de 1995


Inicio sitio FAO Inicio de la sección Búsquedas

¿Sugerencias?: Webmaster@fao.org

© FAO,1996