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close this bookManual de la Atención de Salud Mental para Víctimas de Desastres (OPS)
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View the documentAgradecimientos
Open this folder and view contents1 Desastres y salud mental
Open this folder and view contents2 Conceptos generales en la comprensión de la conducta de los damnificados
Open this folder and view contents3 Conceptos aplicados en la comprensión de la conducta de damnificados
Open this folder and view contents4 Forma de planear y poner en práctica los servicios de salud mental después de un desastre
Open this folder and view contents5 Educación y consulta
Open this folder and view contents6 Intervención psicológica después de desastres
Open this folder and view contents7 Fase 1: Las primeras horas y días
Open this folder and view contents8 Fase 2: Las primeras dos semanas
Open this folder and view contents9 Fase 3: Los primeros meses
View the documentBibliografía

Prefacio

Los desastres naturales han ejercido efectos considerables en las poblaciones afectadas desde tiempos antiguos. Se tienen datos de que un terremoto ocurrido en Siria en el año 526 a. de C. cobró 250 000 vidas, mientras que otro ocurrido en 1976 dio muerte a 655 000 personas en Tang Shan, en China. El mayor número de decesos se registró en 1931, cuando las inundaciones y oleadas del río Hwang-Ho en China al parecer originaron el fallecimiento de 3.7 millones de personas. Los desastres han originado mayores pérdidas humanas en diversas partes del mundo que en países como Estados Unidos, pero continúan ocurriendo desastres significativos incluso en naciones como esa, todos los años. A este respecto, la ciudad de Galveston, Texas, tiene la poca envidiable distinción de encabezar a dicho país en lo que se refiere a muertes relacionadas con desastres; unas 6 000 personas murieron el 8 de septiembre de 1900 en esa ciudad a causa de un huracán y las inundaciones relativas.

En el año fiscal 1979 hubo 42 desastres mayores declarados como tales por el presidente estadounidense en 25 estados, además de Puerto Rico, las Islas Vírgenes y Samoa oriental. Más de 38 000 familias quedaron sin hogar, al tiempo que 207 449 más buscaron ayuda en los centros de asistencia a damnificados. La ayuda total del gobierno federal estadounidense en desastres fue del orden de 1300 millones de dólares, pero apenas 184 528 dólares se dedicaron a la orientación en crisis para tratar problemas emocionales debilitantes. Antes de la creación de la Disaster Assistance and Emergency Mental Health Section del National Institute of Mental Health (NIMH), no se gastaba dinero en absoluto en los servicios de ayuda en salud mental a víctimas de desastres. Aunque todavía no se tiene dinero para la investigación y el adiestramiento en desastres, actualmente pueden solicitarse fondos para servicios de salud mental en los desastres declarados como tales por el presidente estadounidense.

El número de vidas perdidas no siempre refleja la magnitud de los problemas psicológicos existentes, ya que los sobrevivientes con frecuencia experimentan numerosas dificultades que dejan caos y turbulencia en sus vidas. En Idaho, la ruptura de la presa Grand Teton en 1976 inundó una porción considerable de dicho estado a lo largo de unos 130 kilómetros de las márgenes del río Snake, y sólo 11 personas murieron. No obstante, los daños fueron tan extensos que se establecieron refugios temporales en seis comunidades, a fin de brindar ayuda a los damnificados durante la fase de emergencia de este desastre. También se proporcionaron servicios de orientación en crisis a más de un millar de personas. En 1978, como resultado de varias tormentas e inundaciones en el área de la ciudad de Boston, 84 personas murieron pero 40 000 más requirieron alimentos y ayuda.

Es sorprendente que, no obstante los daños evidentes a los bienes materiales, la desorganización y perturbación comunitarias, y la pérdida de vidas, se haya dedicado escasa atención a los aspectos emocionales o psicológicos de la ayuda en desastres hasta la promulgación de la ley Disaster Relief Act de 1974, que incluye una sección sobre orientación en crisis. Antes de esto, sólo se habían escrito unos cuantos ensayos profesionales sobre el tema. Por ejemplo, en 1959 Glass analizó los aspectos psicológicos de los desastres y combates, al tiempo que Popovic y Petrovic observaron reacciones psicológicas adversas después del terremoto de Skoplje, Yugoslavia, en 1963.

Resulta paradójico que, si bien se dedica más atención al campo de la ayuda en desastres, el problema con toda probabilidad empeorará antes de mejorar. Una razón de esto es que la regiones geográficas de Estados Unidos en que son más probables los desastres se están tornando las más pobladas. Las costas y márgenes de los ríos al parecer atraen a la gente. La costa del Pacífico es en especial susceptible a los terremotos, deslizamientos de tierra, incendios e inundaciones. Las áreas de la costa del Atlántico y del Golfo de México son regiones afectadas frecuentemente por tormentas tropicales, huracanes y tornados. Las praderas centrales y los estados del Sur son especialmente vulnerables a las inundaciones y tornados. Al tiempo que continúa el aumento de la población y la sociedad estadounidense se vuelve aparentemente una sociedad más afluente, son cada vez mayores las responsabilidades sobre el bienestar de los ciudadanos, ante todo en aspectos que no les incumben a ellos mismos. De hecho, esto último fue lo que motivó la promulgación de la ley arriba señalada.

Las investigaciones originales sobre los problemas comunitarios en desastres hacen énfasis en áreas como la administración de alimentos, problemas de movilidad y alojamiento, y cuestiones de organización comunitaria. Dichos estudios los realizaron principalmente sociólogos no orientados hacia la salud mental, que consideraron importante desacreditar ciertas opiniones acerca de los desastres entre los laicos. Los primeros investigadores pensaban que había que disipar algunos mitos acerca de las reacciones de conducta a los desastres. Dichos estudiosos no observaron reacciones de pánico, caos y perturbación generalizados, vandalismo ni trastornos mentales evidentes, incluidas la ansiedad, depresiones profundas y psicosis. En vez de ello, creyeron que las personas se comportaban de manera muy responsable y colaboraban en forma cohesiva en toda situación de desastre, con base en un reducido número de reacciones a corto plazo. No obstante, en fecha reciente se ha comprobado, en más de una decena de desastres importantes, que las víctimas sí experimentan reacciones emocionales intensas y aflicción psicológica en dichas situaciones. Los síntomas comunes son trastornos psicofisiológicos, ansiedad, depresión, trastornos del sueño, ira, resentimiento, reacciones paranoides, problemas maritales, alcoholismo y toxicomanía. Además, ha habido numerosos casos de vandalismo, con ruptura de la integridad y cooperación comunitarias después de las etapas iniciales del desastre.

¿De qué manera enfrentan las comunidades estos aspectos de un desastre? ¿De qué manera los administradores responsables y trabajadores de salud mental pueden planear eficazmente y elaborar programas que funcionen? ¿Qué tipos de profesionales se necesitan y cómo hay que adiestrarlos y prepararlos cuando ocurren los desastres? ¿Qué tipo de intervenciones parecen más apropiadas en diferentes fases, durante el desastre y después del mismo? ¿En qué forma define una comunidad su necesidad de ayuda complementaria en una situación de desastre? Estas preguntas, aunque fundamentales, en forma invariable causan perplejidad y originan problemas graves a las poblaciones afectadas por desastres.

Los doctores Cohen y Ahearn han realizado una tarea valiosa al escribir este manual. La obra tendrá utilidad para el personal administrativo y organizativo, así como los practicantes de servicios de salud mental en diversos niveles. El hecho es que incluso la mayoría de los profesionales de salud mental no tienen conocimientos actualizados sobre la intervención en crisis y los trabajos de salud mental en situaciones de emergencia. Este manual introduce de manera apropiada al lector en problemas que surgen en las diversas fases de un desastre y esboza los problemas con que se topa el profesional. Los conceptos básicos necesarios para comprender la conducta en situaciones de desastre se definen al hablar de estrés, crisis, pérdidas, duelo y pena, junto con respuestas emocionales menos usuales.

Esta obra es invaluable para el personal en la planeación de servicios de salud mental apropiados. Hace énfasis en la necesidad de obtener autorización y apoyo de grupos e individuos apropiados, además de describir la forma de lograrlo con mayor eficacia. La enseñanza y consulta necesarias para el trabajo en desastres se delinean con claridad y habilidad. El análisis de la intervención psicológica se describe con detalle en las diversas fases cronológicas, que varían desde las primeras horas y días hasta problemas que hacen su aparición meses después. La obra no está desprovista del contacto con la realidad, ya que se citan experiencias reales como las del terremoto ocurrido en 1972 en Managua, Nicaragua, así como las tormentas e inundaciones graves del área de la ciudad de Boston en 1978.

El reconocimiento y tratamiento de los problemas psicológicos en situaciones de desastre será una necesidad cada vez mayor, ya que es un aspecto que tiene ramificaciones legales y humanas. Por ejemplo, una demanda planteada contra la Pittston Mining Company como resultado de los daños psicológicos sufridos cuando se rompió una presa e inundó el valle de Buffalo Creek, West Virginia, en febrero de 1972, se resolvió a favor de los demandantes. Recibieron 13.5 millones de dólares, lo que estableció un precedente legal para este tipo de cuestiones. La así llamada "inmunidad caritativa" de los hospitales no lucrativos y organismos gubernamentales es algo de lo que se hace caso omiso con frecuencia cada vez mayor, y sería bueno que cada uno de estos organismos empleara la obra presente para "poner su casa en orden", por así decirlo.

Quizá la característica más recomendable de esta obra sea su alcance amplio. Contiene información útil para administradores y voluntarios, así como trabajadores profesionales y no profesionales. Sin importar qué tan experimentados o no sean los lectores de la misma, encontrarán en ella un texto práctico y estimulante. Los trabajadores de los organismos de salud mental y de ayuda en desastres harían bien en tener un ejemplar de esta publicación.

CALVIN J. FREDERICK, Ph.D.
Jefe de la Disaster Assistance and Emergency Mental Health Section
National Institute of Mental Health
U.S. Department of Health and Human Services