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close this book02. Callejones sin salida y logros: lecciones de la historia sobre la reducción de la mortalidad materna
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Estrategias mal documentadas e ineficaces

Junto con la planificación familiar, el primer comité experto de la OMS colocó formalmente el énfasis en las clínicas prenatales y la educación de las madres a principios de la década de 1950 (WHO 1952). El paquete de medidas introducidas para reducir la mortalidad materna se había mantenido substancialmente sin cambios por mucho tiempo (en la práctica, estas medidas se habían dirigido principalmente al mejoramiento de los prospectos de sobrevida de los recién nacidos).

Sin embargo, ya desde 1932 existía evidencia en los países industrializados occidentales de que los programas de tamizaje para prevenir las muertes maternas no era una medida muy efectiva: una carta a Lancet afirmaba que “80 por ciento de las muertes maternas obedece a condiciones no detectables prenatalmente (sepsis, hemorragia, choque)” (Browne & Aberd 1932, Reynolds 1934). Aun así, los sistemas prenatales de detección de riesgos fueron extrapolados de Europa a los países en desarrollo en la década de 1960. Muy pronto, éstos se convirtieron en materia común (Lawson & Stewart 1967, King 1970, Van der Does & Haspels 1972, Cranch 1974) y, en los años 70 y 80, en la doctrina predominante con el enfoque de la OMS sobre el riesgo (WHO 1978, Backett et al. 1984).

A principios de la década de 1980 surgió la primera evidencia que cuestionaba el costo-efectividad de los programas de detección prenatal en los países en desarrollo (Kasongo Project Team 1984), y lo que era materia aceptada empezó a ponerse en tela de juicio (Smith & Janowitz 1984): “La ineficacia de la APN, como un programa de detección de riesgos global, no sólo la convierte en algo inferior a lo que proclamaba ser, sino que ni siquiera explica qué es.” (Oakley 1984). Seis años después, Maine explicitó sus ideas: “No hay tamizaje, por ambicioso que sea, que sirva para separar a aquellas mujeres que requerirán una atención médica de urgencias de los que no la requerirán” (Maine et al. 1991). El informe Rooney de 1992 inclinó formalmente la balanza hacia el escepticismo7 (Rooney 1992). Hoy en día, es difícil defender la atención prenatal sólo sobre la base de sus posibilidades para detectar las muertes maternas prevenibles, pero muchos administradores o agencies de financiamiento continúan pensando que mientras las consultas prenatales se sigan llevando a cabo, ellos han cumplido con su deber. Mientras tanto, un seminario de la OMS realizado en Malasia en 1970 difundió la iniciativa de capacitar y promover a las asistentes tradicionales de parto (ATP) como otro eje estratégico (Mangay-Maglacas 1990). Esta estrategia fue secundada por las influyentes recomendaciones de un estudio entre países en 1972. Una década después, el entusiasmo inicial persistía (Williams et al. 1985, Tafforeau 1989, Sai & Meesham 1992), pero fue abriendo paso al escepticismo (Chen 1981, Mathews 1983, Belsey 1990, Maine 1991, Bryant 1990, Smith et al. 2000). Pocos resultados se observaron más allá de la prevención del tétanos. La resistencia (o incapacidad) de las ATP para cambiar, su falta de credibilidad frente a los profesionales de la salud, la imposibilidad de facto de organizar una supervisión efectiva y económica, todo ello ha desalentado la capacitación de las ATP. Cualesquiera que sean sus méritos, hoy en día se les considera una estrategia ineficaz para reducir la mortalidad materna.